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Joaquín Bedoya: cuando se componía con guitarra y aguardiente

Él era el rey de la parranda. Tocaba guitarra, componía, trovaba, cantaba y brindaba felicidad como buen antioqueño de pura cepa, de la vereda Cabras de Frontino, para ser más claro.

Cultura

21 de noviembre

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--Don Joaquín, le dije esa tarde de nuestro encuentro en Discos Victoria en Medellín, donde era productor musical, ¿cómo hace usted para componer tantas canciones?
Me miró de arriba y abajo, frunció el ceño y simplemente me contestó: “Oigan a este”.
Don Otoniel Cardona, dueño de la empresa soltó una carcajada y Leopoldo Arango, el promotor discográfico, le comentó:

--Hombre Joaquín, Guillermo viene de Periódicos Asociados y quiere hacerle una entrevista para la revista Viernes Cultural, la que sale en El Colombiano.

Repitió su mirada de bacteriólogo y entonces me dijo: “Espéreme acá”.
Don Otoniel dijo: “Téngale paciencia que él es buena persona” y se fue. Leopoldo, el gran Leopoldo, se frotó las manos y manifestó: “Tranquilo que usted se lleva una buena entrevista”.
Minutos después don Joaquín salió con una guitarra, se puso su sombrero y dijo: “nos vamos”.
Nos llevaron a una casa finca, desde donde divisamos toda la ciudad de la eterna primavera.
Nos estábamos acomodando en la mesa cuando don Joaquín puso una botella de aguardiente Antioqueño, golpeó las copas gigantes en la mesa y las llenó hasta el borde sin derramar una sola gota.
Era una sentencia para libar al estilo montañero. Me aplique la santa bebida con fondo blanco. No acababa de tragar el extenso trago cuando sirvió el segundo.

Llegaron dos señores más, uno con una guacharaca y uno más con unas congas. Se sirvieron sus sendos aguardientes y pensé: “Menos mal que ya llegaron dos paisanos que ayudan con la botella”.

--Mire, mi estimado periodista dijo don Joaquín, uno lleva la música en el corazón y tiene que hacerse con pasión. Esto hay que sentirlo, uno debe estar enamorado del trabajo.
Comenzó a puntear y comenzaron a entonar “Aguardiente pa’l chofer”, uno de sus emblemáticos temas de parranda, género musical que tiene millones de seguidores en Antioquia, Santander, Caldas, Quindío, Risaralda, Valle del Cauca y en Cundinamarca.

Cada año, por temporada navideña, decenas de emisoras cambian su programación y se dedican a transmitir estos temas de picaresca y doble sentido. Darío Agudelo en Santiago de Cali lleva más de 20 años con los “Melomerengues”, uno de los programas institucionales de la radio vallecaucana.
Este encuentro con don Joaquín se llevó a cabo en septiembre de 1998.
Era una tertulia de primera categoría con el Rey de la Parranda. Inició su vida artística como músico, cantante y compositor cuando apenas tenía unos doce años.
Su hermano, el inmortal José Bedoya, fue su inspirador y quien lo llevó a las primeras presentaciones en fondas y escenarios de arriería.
De Fredonia pasaron a Bello y su hermano lo animó a una canción del maestro José Muñoz, titulada “El espanto”.

--Vea Joaquín, usted puede, componga sus propias canciones y listo, le ordenó José, su hermano.
Desde ese 1962, sus cuadernos de matemáticas, español y geografía se convirtieron en lugares para escribir sus temas. Con la ayuda de su guitarra le iba poniendo de una vez la música. Todo titular de periódico, cualquier dicho, comentario, ocasión, curiosidad le servían para sacar una canción.
Pero a todas las canciones le puso el encime: el doble sentido. No le ganaba nadie y desde 1963 impuso cada año una canción de parranda. Es uno de los más prolíficos de Sayco. Es quizá uno de los más sonados en la temporada de fin de año.

La primera botella duró tan sólo dos canciones, pero fue repuesta por una segunda. El acompañamiento fue con rodajas de limón, arepitas con hogao. Llegaron unos señores en una camioneta y bajaron equipos de sonido. Mientras los instalan don Joaquín seguía cantando e iba contando su historia.
Comentaba algo de cómo había escrito alguna canción y de inmediato venía la segunda, luego una tercera y una cuarta.

Tenía una memoria prodigiosa para relacionar sus producciones discográficas. “Espere le cuento. Empecé con “El Espanto”, “Así era Pedrito”, “Colgué la guitarra”, “Año viejo malicioso”, “Año viejo, viejo amigo”, “Don Justo Garro”, “El corbata gastador”, “Farol Borracho”, “El Correlón”, vino “Aguardiente pal chofer”…

--Una pregunta, me dijo, ¿usted si está tomando aguardiente?

--Claro con Joaquín, pero despacio, le contesté ya un tanto mareado.

--Bueno, seguimos entonces. Después vino “Tócame el aguacate”, “A la mujer hay que darle en la cabeza”, “Avisos clasificados”, “De fonda en fonda”, “El trovador malicioso”, “Olvídate mugre”, “Amor sincero”, “Camina pa allí negrita”, “Aguardiente al orador” y paró otra vez, porque a la mesa llegaron chicharrones –de media libra cada uno—con arepas antioqueñas, patacones y otras viandas.
Pero, sobre todo, más copas montañeras.

Serían las siete de la noche cuando arribaron decenas de amigos de don Joaquín y unas señoras bien acuerpadas.
Desde la tarima don Joaquín siguió con su repertorio con canciones como “Aguardiente embriágame”, “Comiendo gallina”, “Ave vagabunda” y “el fiambre de Stela”.
Imparable. Todas las canciones fueron éxito. Ahora sus admiradores las han subido a las redes sociales y tiene varios canales en YouTube.

Muchas orquestas le han grabado sus canciones como “El Combo de las estrellas”. “Yo les di a ellos “La juventud”, un tema que ha hecho llorar a más de uno”, decía alegremente don Joaquín.
“Me han dicho que Rómulo Caicedo, Roberto Angleró” y Tomy Olivencia, entre otros, me han grabado canciones”, contaba en aquella oportunidad.
No recuerdo si sería el aguardiente, la música, la alegría de la tarde, los temas picarescos o las señoras acuerpadas que llegaron, pero los pies me llevaron a la pista.

Fue una parranda inolvidable. Encima de la mesa quedaron los apuntes de esa entrevista, creo yo, las gafas se me extraviaron, pero sí recuerdo que el desayuno fue con caldo de gallina. ¿Qué será de la vida de las señoras acuerpadas?
Nos vimos varias veces luego con don Joaquín. Siempre alegre, malicioso, pero excelente persona. En 1999 le entregamos el premio El silletero de Oro de Viernes Cultural como un homenaje al Rey de la Parranda.
El 21 de noviembre de 2014 la llamada de Leopoldo Arango nos dejó pensativos. A la edad de 71 años, víctima del cáncer, había partido al cielo de los músicos don Joaquín.

Su despedida terrenal fue en la Iglesia Santa Gertrudis, localizada en el parque principal de Envigado.
Es misma tarde en el cielo siguió su parranda y les cantó: “Llegaron las Putiérrez”, “Échele agua a la sopa”, “El analfabeta”, “A mi cachucha”, “Ojo con eso”, “Las dos camisas” y “La carta”…
Dicen que sólo paró, cuando le quitaron la guitarra.
--¿Y este quién es?, preguntó un ángel mientras bailaba.
--El rey de la parranda, le contestó.
--Oigan a este, le refutó el otro.

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