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¿Dónde está la polilla? - Crónica

De las labores matutinas propias de una persona dedicada al trabajo de la tierra está, según expresa don Domingo Coronel, campesino neto del pueblo de Toca (Boyacá), la desinfección de la semilla

Cultura

21 de julio

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De las labores matutinas propias de una persona dedicada al trabajo de la tierra está, según expresa don Domingo Coronel, campesino neto del pueblo de Toca (Boyacá), la desinfección de la semilla; proceso que, como explica él mismo con sus palabras, es una labor que se lleva a cabo esporádicamente, antes de sembrar la papa, conocido y tradicional cultivo en esta región del departamento.

Desinfectando la semilla, aquella era la labor que realizaba justo en el momento en que se divisó. Atrincherado en el cuarto de una vieja casa colonial, a escasas cuadras de la plaza principal del pueblo, acompañado de otros ‘jornaleros’ dedicados al mismo quehacer y en conjunto supervisados por don Guillermo, ‘el patrón’, dueño de los bultos de papa almacenados en un espacio de 3x4 metros cuadrados de bodega improvisada y propietario de la casa en mención, destartalada y en evidente estado de menoscabo como consecuencia del paso del tiempo.

Por cuestiones propias del clima tocano el día se tornaba gélido y lluvioso, y pese a estas adversidades del ambiente, don Domingo, taciturno, desplegaba su mayor esfuerzo en la acción de agacharse y levantar bultos de papa, acomodarlos a modo de pilas y seguir en la labor de desinfectar la semilla.

Al unísono con la ejecución de su trabajo accede amablemente a contestar las inquietudes, que para esta ocasión no fueron pocas, pero que, por cuestiones de tiempo, debían reducirse considerablemente. De lo que someramente don Domingo narró se destaca que de sus 56 años de vida, número que no recordó inmediatamente cuando se le preguntó -tornándose incluso dubitativo-, ha dedicado a la agricultura y sus derivados 35 arduos años.

Al ostentar esa cantidad considerable de tiempo trabajado, de forma apresurada se llegaría a pensar que don Domingo, fruto de su gran esfuerzo y dedicación al campo, ya es titular de un merecido descanso junto con, incluso, la provisión de una mesada pensional a cargo de alguna dependencia estatal, como reconocimiento por su entrega incontenida durante ese vasto cúmulo de tiempo.

Pero, para la sorpresa de pocos, esto no pasa en contextos humildes como el de don Domingo. Él, sin mayor expectativa, confiesa que ‘no espera nada de eso’ y que la solución al porvenir, cuando el cuerpo no dé abasto con el ritmo de la rutina agrícola y el horario extendido de 7 de la mañana a 5 de la tarde, será procurar vivir de los ahorros que ha precisado guardar desde los albores de su desempeño en la agricultura.

Ahorro que en cierta medida ya ha dado frutos y se refleja en el patrimonio que ostenta don Domingo. Afirma con vehemencia ser dueño de ‘una fanegada de tierra y un poquito más’ que le compró a su mamá. Empero, en este caso, la fanegada que acredita don Domingo, no sopesa en absoluto la cruda realidad de tener su casa -el techo donde él pernocta junto con su familia-, cayéndose a pedazos y sin forma inmediata de remediar esta adversidad.

Siendo el común denominador de los contextos campesinos boyacenses, don Domingo, junto con su esposa, ha construido un hogar con una numerosa cantidad de hijos, todos varones, con el infortunio de haber perdido por azares de la vida a sus hijas. Son cuatro muchachos, siendo Jorge el mayor de todos, quien vive en Bogotá y Samuel, el menor, un infante de escasos 4 años, quien goza sus primeras vivencias ‘en el kínder de la señora Cecilia, la mujer de don Luis Martínez’.

En la escena, y sin mediar aviso, aparece José Piraján, un joven procedente de Pesca, trayendo entre sus escápulas un bulto de papa próximo a ser acomodado entre las pilas de aquella bodega. Cuando se le interrumpe con ánimo de hacerle algunas preguntas, afirma que lleva, aproximadamente, cuatro años dedicado al trabajo agrícola, especialmente en la clasificación de la papa o lo que en la vida campesina se llama “la escogencia”, nombre acuñado por el argot campesino de antaño que significa seleccionar los tubérculos para cosechas venideras.

Al detallar sus manos queda impresa en el recuerdo la imagen nostálgica del estado malsano y amorfo de las mismas. Cuenta que es una patología que lo acompaña desde los 22 años y que, según los médicos, se debe a una artritis gotosa que le genera persistente dolor y le deforma las articulaciones de sus dedos.

Con todo y patología, él debe seguir desempeñando estas labores y sopesar el sufrimiento que le genera tal ejecución con la ingesta de guarapo y cerveza que, pese a la proscripción médica, él afirma: “no puedo dejar ni el traguito, ni el cigarrillo porque es lo que me fortalece. Espero lo que Dios diga y si algún día tengo que morirme, pues Dios verá”.
Desinfectar la semilla es tarea que cumple con eficacia don Domingo a mano limpia, al esparcir el tóxico que tiene como objetivo matar o eliminar los huevos que deja la polilla sobre el tubérculo.

Si ese insecto, por antonomasia, alude a la ruina de la cosecha del campesino, queda, entonces, la inquietud: ¿cuál es la polilla que asola la vida de don Domingo y don José en el desarrollo de sus labores agrícolas?

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