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¿Qué se aprende de la transformación de Microsoft?

A sus 14 años, el mayor interés de Sayta Nadella, un estudiante en Bombay (India), era pertenecer al equipo de críquet del colegio, juego llevado por los ingleses durante la colonización de la India y que continuaba arraigado aún en pleno siglo XX.

Opinión

05 de agosto

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En una noche calurosa de Bombay, Bukkapuram Nadella, el papá de Satya, le comentó, muy emocionado, que había sido trasladado a Tailandia, debido a su trabajo como funcionario de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), promoción que llevaba añorando por largo tiempo. Esta sería una gran oportunidad para que su hijo viviera nuevas experiencias, entendiera otras culturas y buscara algo que le apasiona y lo encaminará en sus estudios universitarios. Bukkapuram esperaba que su hijo compartiera su felicidad.

Sin embargo, para este joven de 14 años esta situación significaba ir en contra de todos sus deseos, pues debía dejar a sus amigos, su juego favorito, su ilusión de pertenecer al equipo campeón y trasladarse a una cultura de la cual desconocía, entre otras cosas, el idioma. Fueron varias discusiones hasta que el papá, resignado, le dijo “quédate en Bombay”. Un año después, Bukkapuram Nadella regresó a Bombay y, para sorpresa de su hijo, le llevó el último modelo de computador personal. Satya, sin saberlo, encontró el mundo de oportunidades que su padre quería darle en el viaje fallido.

Años después, una vez se graduó de ingeniería, Satya empezó a trabajar en la empresa Sun Microsystems, dedicada a grandes servidores de internet, y en 1992 fue contratado por Microsoft. En un momento muy difícil de esta empresa, cuando estaba perdiendo las mayores oportunidades por continuar haciendo los negocios con la visión inicial de Bill Gates, fue nombrado presidente o, como se dice en Estados Unidos, chief executive officer (CEO). Asumió esta posición con la misma misión de un capitán de barco en una tormenta: saber para dónde ir sin permitir naufragios, pues, como ya se sabe, los barcos más grandes también se hunden. Así, este joven jugador de críquet ha sido el responsable del cambio de la cultura de Microsoft, transformado la visión, la forma de trabajar y de los servicios entregados por la compañía. Satya se encargó de llevar los servicios de Microsoft a la “nube”.

En muchos momentos, a pesar de los esfuerzos, parece que no se llega o que no se logran tanto los estudios como los emprendimientos. Aquella emoción de iniciar una maratón desaparece, para la mayoría, al llegar a la mitad de la carrera. Entonces, es necesario que alguien diga las palabras mágicas que motiven a seguir, reapareciendo, también, las energías y las fuerzas. ¿Dónde se esconden? Esto hace la gran diferencia entre lograr algo, terminarlo o, simplemente, convertirse en parte de una estadística más del volumen de fracasos en los estudios y las empresas.

Con facilidad las personas se desaniman ante los sinsabores y obstáculos en los proyectos, los procesos administrativos o burocráticos, los comités inservibles, los jefes y los compañeros de trabajo que desmotivan y las circunstancias que permanentemente desaniman. Además, muchas voces cercanas, con deseo de ayudar, dicen “¿para qué trabajas tanto? Y brinda muchos ejemplos de otros escenarios o trabajos que pueden hacerse con menores esfuerzos, facilitando la vida. Sin embargo, Héctor, con su mirada llena de éxitos derivados de su experiencia como emprendedor y empresario, expresa, con voz baja pero segura: “si nadas hasta la mitad y te sientes cansado tienes mayor probabilidad de llegar al otro lado que si decides regresar”.

Al iniciar un negocio, en muchos momentos es más fácil decir “¡abandono todo!”, así ya haya pasado la mitad del proceso. Sin embargo, si se deja lo realizado será una pérdida total. Esta situación es como tratar de vender los muebles del mejor restaurante, pues estos ya no valen, ya no tienen misterio, se ha perdido todo y ya no hay emoción. Por el contrario, cada día que se avanza debe ser un motivo para seguir, la emoción generada por la expectativa de lograr algo es lo que hace que se trabaje muy duro. Por eso es tan importante tener siempre un faro a seguir, uno que se vea por encima de todos los problemas.

Los periódicos y los programas hacen referencia a las personas más ricas, a los más exitosos. Al escuchar sus historias y saber los detalles de vidas como las del creador de la Guerra de las Galaxias (George Lucas) o del propio Elon Musk, quien es conocido como el hombre más rico del mundo, lo que encontramos son personas que, más que capacidades excepcionales, tuvieron claro seguir nadando, seguir adelante, no parar y no devolverse, a pesar de muchos momentos difíciles, en los que no creían en ellos, sin recursos y lo único que tenían era su visión de un futuro diferente.

Emprender no es fácil, como no lo es, para muchos, estudiar. Tampoco es sencillo cambiar la vida, así se reconozca que las condiciones en las que se viven no son las mejores. Se tiene la tendencia a quedarse con lo conocido, siguiendo refranes como “mejor pájaro en mano que cien volando”. No obstante, la mayoría de las personas que admiramos optaron por dejar el puerto seguro y aventurarse por aguas nuevas, aun cuando eso no quiere decir a ciegas. Para avanzar hay que tener un faro, saber para dónde se va, decidir la estrategia y determinar qué conocimientos nuevos se requieren. Así, de la misma forma que lo hace una persona que quiere terminar una gran maratón, no es suficiente con saber caminar, si se quiere terminar el maratón seguro habrá que aprender a respirar, a escoger el tipo de zapatos más adecuado, a hidratarse de la manera correcta y muchas cosas más.

Gracias a la tecnología estos aprendizajes necesarios para el cambio se pueden construir paralelamente a la vida que se tiene, y, entonces, lanzarse a por la transformación una vez se está preparado. De este modo, al lanzarse al mar, por oscuro que parezca, se tendrán los recursos emocionales, intelectuales y físicos para lograrlo.

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